“El mejor regalo que puedes dar
a la Iglesia y al mundo es la santidad".
«Así pasaron los meses de 1932 […] pero para ella todo se reducía a un continuo aumento de agonía y martirio. Pero de la mano, también aumentaron sus misteriosas relaciones con lo sobrenatural, especialmente con la Santísima Virgen. Entre la Madre de Dios y nuestra Sierva de Dios comenzó a establecerse una especie de dulce familiaridad que se hacía cada día más íntima, afectuosa y confidencial. Con frecuencia Anfrosina se abstraía de los sentidos y caía en una especie de éxtasis muy dulce, durante el cual se notaba en sus gestos y actitudes signos evidentes de misteriosas conversaciones con algún ser que los presentes no veían ni escuchaban, pero que Anfrosina ciertamente veía y oyó [...] y cuando salió de estos estados, con toda naturalidad y sencillez informó que Nuestra Señora había venido a buscarla y que le había dicho esto o aquello».
“El mejor regalo que puedes dar
a la Iglesia y al mundo es la santidad".