La historia de su Asociación
se compone de muchos “santos de al lado” – ¡muchos! –,
y es una historia que debe continuar:
la santidad es un patrimonio que hay que custodiar y una vocación que hay que acoger.
Su familia es catalana de origen y, por motivos de trabajo, se trasladó a Alicante donde nació Francisco de Paula. La muerte prematura del padre obliga a la madre con los tres hijos, incluido un recién nacido Francisco, a regresar a Llérida, en Cataluña.
Francisco se matricula en el colegio de los Hermanos Maristas, luego pasa al instituto químico de Barcelona de los padres jesuitas. Después de graduarse, se matriculó en la Universidad de Oviedo y asistió a los grupos de jóvenes católicos de la ciudad, en particular a la "Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña", una rama de Acción Católica Española. Licenciado en Ciencias Químicas, trabaja en el complejo químico "Cross" de LIérida. En esta ciudad conoce a María Pellegri, con quien se compromete.
Cumple su servicio militar como conscripto y se encuentra en medio de los trágicos acontecimientos de la guerra civil que acaba de estallar. Fue encarcelado, como militante católico, la noche del 21 al 22 de julio de 1936 por milicianos republicanos y, el 29 de septiembre siguiente, sometido a juicio del Tribunal Popular, donde reafirmó su fe: «Si es delito ser católico, ciertamente soy un criminal y si tuviera mil vidas para dar a Dios, mil vidas le daría porque no me falta quien me defienda».
Sus cartas desde la prisión a su prometida muestran toda su vida de fe. El Papa Pío XI, leyéndolos, sostenía que Francisco podía constituir un modelo válido para los jóvenes de Acción Católica de todo el mundo. En la víspera de su martirio, escribió: “Nuestras vidas están unidas, (pero ahora están divididas)... Ofrezco al Señor con toda la sinceridad posible el amor que tengo por ti; Me pasa una cosa extraña, no siento ningún dolor por mi muerte inminente, sino una alegría interior, intensa, fuerte... como un presentimiento de gloria".
Fue proclamado beato el 11 de marzo de 2001 por Juan Pablo II en Roma en el grupo de los Mártires españoles (José Aparicio Sanz y 232 compañeros).
La historia de su Asociación
se compone de muchos “santos de al lado” – ¡muchos! –,
y es una historia que debe continuar:
la santidad es un patrimonio que hay que custodiar y una vocación que hay que acoger.