Nacida en Longobucco (CS) el 23 de febrero de 1921, en el seno de una familia humilde y trabajadora, se casó con Giuseppe Romano y tuvo cinco hijos. Su hijo mayor, Franco, es sacerdote. La oración, la caridad discreta, su trabajo y su constante búsqueda de la eternidad con el Señor Resucitado hicieron de esta mujer un modelo de vida cristiana, reconocida por todos aquellos que tuvieron la dicha de conocerla. La familia ocupaba un lugar primordial en sus relaciones con los demás, y sus hijos, junto con ella, participaron activamente en la Acción Católica y fueron educados para vivir los valores eternos del Evangelio. Margherita siempre fue una mujer reservada y de pocas palabras; a la oración litúrgica comunitaria, añadía la oración personal diaria, utilizando el Oficio de Horas para los laicos incluso antes del Concilio Vaticano II.
Con frecuencia pasaba horas por la noche en oración silenciosa con otras mujeres de su Asociación. Gracias a su arte de la costura, contribuyó a la organización de numerosas rifas benéficas en la parroquia. Mucho antes de su muerte (17/12/2008), mientras se hacía el hábito preparándose para morir, cantaba repetidamente, con serenidad cristiana, «Resucitó», un episodio que siempre caracterizó su vida cotidiana desde una perspectiva escatológica. Margherita, en su día a día, no conocía la pausa, la duda ni la falta de estilo, a pesar de las limitaciones naturales que marcaban su ser y su vida, recordándole la fragilidad humana y el pecado del que debemos huir. Durante dieciocho años en silla de ruedas, desde la cual retomó sus enseñanzas sobre la vida cristiana, continuó también inculcando el valor del sufrimiento. Ofreció todo su sufrimiento por la perseverancia de su hijo, sacerdote.
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