«No digamos que hoy es más difícil;
es diferente. Más bien aprendamos
por los santos que nos han precedido
y se enfrentaron a las dificultades
característica de su época".
«Su martirio es sobre todo la culminación de una humilde y gozosa entrega a la vida de su numerosa familia: fue su constante sí al servicio oculto en el hogar lo que la preparó para un sí total. Desde niña -eran los primeros años de la posguerra- Antonia experimentó la dureza de su tierra y la generosidad de su gente; guiada por sus padres, el maestro y el párroco, se abrió valientemente a los valores de la vida y de la fe; en particular, en la escuela de la Juventud Femenina de Acción Católica, plantó profundamente las raíces humanas y cristianas de su deseo de pureza y entrega. Y con sólo dieciséis años se encontró viviendo su heroico sí a la bienaventuranza de la pureza, defendida hasta el supremo sacrificio. La invitación de los tres jóvenes mártires (Marcel, Pierina y Antonia) adquiere una elocuencia particular para nosotros que participamos en el Sínodo. Su testimonio nos estimula a pensar con renovada atención sobre el papel de los laicos en la Iglesia, sobre la obra que están llamados a realizar entre el Pueblo de Dios por la salvación del mundo.
«No digamos que hoy es más difícil;
es diferente. Más bien aprendamos
por los santos que nos han precedido
y se enfrentaron a las dificultades
característica de su época".